Relato 8 Combates aéreos

¡Por fin terminaba! La ceremonia de agradecimiento se acababa. Me ascendieron a coronel. Se rindieron los honores póstumos al capitán desaparecido y dado por muerto. En su honor se enterró un féretro vacío.

Decidí ir a rendir mis propios respetos al muerto en combate. Ya en casa me cambié el traje por algo más cómodo, para algo tenía una semana de vacaciones, y recogí a mis hijos que también querían venir. Los tres me escoltaron hacia el cementerio mientras no paré de recibir felicitaciones de cada persona que nos encontrábamos en el camino.

Cuando llegamos nos dimos cuenta de que al lado de la tumba había alguien más presentado sus respetos a Fernando. Y resultaba extraño porque en el funeral estaba como mínimo el setenta y cinco por ciento de la población de Europa, es decir, todo el mundo. La gente ya había presentado sus respetos y ahora mismo intentaba reanudar su vida lo mejor que podía. El intento de invasión extraterrestre pasaría a ser un dato más en los libros de Historia que estudiarían los niños en los colegios.

Mientras nos acercábamos me fijé en su vestimenta. Era el típico traje de combate aéreo, como el que llevaba un poco antes pero cubierto de polvo y muy sucio. Mis hijos se quedaron rezagados y cuando llegué…

– No está mal mi tumba ¿verdad?

Esa voz… ¡Había sobrevivido!

– No te extrañes, coronel. No quería nada de esto. Ya te dije que a mí me gusta volar. Con todos estos honores me harían sentarme y me obligarían a dejar de volar.

– ¿Qué harás ahora? –pregunté.

– Me han contado que están buscando gente para pilotar naves espaciales. Tengo una nueva identidad de antiguo piloto. Me apuntaré para pasar las pruebas. Por cierto… Tienes tres pimpollos ¿no?

– Sí. Están destrozados pensando que has muerto.

– Que no sepan todavía la verdad, pero cuando vayan a entrar en la academia de pilotos que se acerquen a mi tumba, esperen una semana y lo vuelvan a hacer. Me tendrán de maestro.

– Gracias, capitán.

Cuando se va el capitán, los niños se acercan:

– ¿Quién era mamá?

– Un viejo amigo hijo, y vuestro futuro profesor.

– ¿De qué mamá?

– Lo sabrás a su debido tiempo.

Autor: Francisco José Díez Devesa

Estudiante de Derecho y Economía en la universidad Carlos III de Madrid