De un lugar caliente

Después de una semana en el mejor lugar de mi existencia, me echan. No puede ser. Es muy duro dejar un sitio tan cómodo, tan caliente. Yo no había hecho nada. Había aceptado a todo el mundo.
Me arrastran hasta la temible caja de acero. Me encierra dentro y de repente se mueve. Nunca había sentido esa sensación tan rara; es como si me desplazara hacia abajo, pero sin que se moviera nada. Él me seguía sujetando fuertemente… En cuando tuviera oportunidad me libraría hacia la independencia.
Abre otra vez la caja de metal. Ahora me arrastra por un suelo diferente y mucho más frío que el anterior. Pulsa algo de la pared y abre una puerta más grande que la anterior: es completamente negra, con barrotes, fea.
Escalera. La baja mientras me arrastra. Me hago daño con cada escalón.
Y de repente sucede… Se despista.
Miró a la libertad a la cara, saboreo la independencia. Me empiezo a mover para bajar el último escalón cuando oigo una voz:
– Psst, ¿qué haces tío?
Otra compañera también abandona en el penúltimo escalón.
– Libertad, compañera, libertad. Volveré al sitio caliente y cómodo del que me acaban de echar.
– Así no lo vas a conseguir. Si te vas pasarás frío. La única forma es dejar que nos tiren. Y volveremos.
–  ¿Y cómo lo sabes? ¿Cómo puedes estar segura de que mi método no funcionará?
– Porque yo ya he sido una bolsa reciclada. Fui libre, pero fue todo a peor. Sólo frío y mucho viento; pisotones y desgarros Alguien me recogió y me tiró. Me reciclaron. Volví.
Nos levantan del escalón. Ya no había escapatoria. Mi compañera me desea:
– Recíclate volveremos más fuertes.

Autor: Francisco José Díez Devesa

Estudiante de Derecho y Economía en la universidad Carlos III de Madrid