La Huida

Se veía perfectamente la cabeza del objetivo. En el edificio de al lado y dos pisos por encima. Nada destacable. Un tiro sencillo. Hasta que todo cambió.

Empezaron a dispararme, ráfagas de balas pasan cerca de mí. Me escondo lo más rápido que puedo mientras la pared en la que estaba apoyado no hace ni cinco segundos se fragmenta y comienzan a lloverme trozos de escayola blanca. Todo esto era una trampa. Salgo corriendo hacia el pasillo cuando un lanzagranadas destroza el balcón del que acabo de salir. Alguien me tiene muchas ganas.

La recompensa por el trabajo, con el 50% adelantado, más todo el armamento que están usando. Alguien ha puesto mucha pasta para matarme.

Subo los escalones de dos en dos hasta la azotea. Cuando llego, más ráfagas de balas me persiguen mientras que respondo como puedo con mi propia metralleta. El cable de la tirolina está roto. Lo han descubierto. Vuelvo al edificio de nuevo. Bajo un piso, y mientras pienso en posibles opciones el tramo de escalera del último piso explota por encima de mí. Corro escaleras abajo mientras los sucesivos tramos van cayendo cual fichas de dominó por la acción de las granadas de fragmentación.

Solo me queda un lugar por donde intentar escapar.

Me colocó la metralleta en la espalda mientras bajo los dos pisos que quedan. Saco las pistolas de sus fundas. Corro hacia la puerta principal, que está abierta. Apunto las pistolas a cada lado de la calle. Sin pensar me lanzo al exterior.

Si quieren mi cabeza tendrá que pagar el precio con sangre.

Salgo corriendo. Una ráfaga desde la derecha, respuesta de tres tiros. Dos ráfagas desde la izquierda, dos tiros más al norte y dos más al sur. Me tiro hacia el escaparate, lo reviento y entro de golpe en la tienda comestibles derribando una estantería. Una de las balas me ha dado en la pierna. Ha entrado limpia. Me arrastro por el pasillo mientras guardo las pistolas y cojo la escopeta que tengo al lado de la metralleta. Enriqueta se llevará a unos cuantos de por medio.

Entra uno por la puerta y recibe el primer disparo. Cae al suelo redondo. Se aproximan dos más por el escaparate que rompí. Uno de ellos recibe el segundo cartucho. Cargo rápido y el tercer también cae. Otro por la puerta. Me he quedado sin munición así que cambio a las gemelas; no son tan efectivas a corta distancia, pero hacen daño igual. Me sigo arrastrando hacia el fondo de la tienda. A medida que van entrando voy disparándoles y van cayendo al suelo.

Definitivamente he agotado toda la munición. Sólo me queda el cuchillo. Ya no se dan prisa en entrar, saben que estoy indefenso. Se aproxima el jefe, mi último aprendiz. Lo tenía que haber adivinado. Solo él podía conocer todos mis trucos.

-Hola jefe, hace mucho que no nos veíamos -sigue teniendo la misma cara de imbécil.

-¿Sigues igual de imbécil que cuando me dejaste?

Se parte de risa. Me ve acabado.

-Ahora mando yo. Se acabaron los juegos y los trucos.

-Perdona que no te haga caso, me llaman para otro asunto -le lanzo el cuchillo por encima de la cabeza.

-Jefe estás perdiendo facultades.

-O no -Me tiró al sótano mientras la trampilla cae tras de mí. Le oigo gritar que vayan a por mí antes de todo salte por los aires. Siempre, siempre hay que tener una ruta de huida. Salgo cojeando por la parte de atrás de edificio mientras las sirenas de los bomberos empiezan a sonar.

Relato 8 Combates aéreos

¡Por fin terminaba! La ceremonia de agradecimiento se acababa. Me ascendieron a coronel. Se rindieron los honores póstumos al capitán desaparecido y dado por muerto. En su honor se enterró un féretro vacío.

Decidí ir a rendir mis propios respetos al muerto en combate. Ya en casa me cambié el traje por algo más cómodo, para algo tenía una semana de vacaciones, y recogí a mis hijos que también querían venir. Los tres me escoltaron hacia el cementerio mientras no paré de recibir felicitaciones de cada persona que nos encontrábamos en el camino.

Cuando llegamos nos dimos cuenta de que al lado de la tumba había alguien más presentado sus respetos a Fernando. Y resultaba extraño porque en el funeral estaba como mínimo el setenta y cinco por ciento de la población de Europa, es decir, todo el mundo. La gente ya había presentado sus respetos y ahora mismo intentaba reanudar su vida lo mejor que podía. El intento de invasión extraterrestre pasaría a ser un dato más en los libros de Historia que estudiarían los niños en los colegios.

Mientras nos acercábamos me fijé en su vestimenta. Era el típico traje de combate aéreo, como el que llevaba un poco antes pero cubierto de polvo y muy sucio. Mis hijos se quedaron rezagados y cuando llegué…

– No está mal mi tumba ¿verdad?

Esa voz… ¡Había sobrevivido!

– No te extrañes, coronel. No quería nada de esto. Ya te dije que a mí me gusta volar. Con todos estos honores me harían sentarme y me obligarían a dejar de volar.

– ¿Qué harás ahora? –pregunté.

– Me han contado que están buscando gente para pilotar naves espaciales. Tengo una nueva identidad de antiguo piloto. Me apuntaré para pasar las pruebas. Por cierto… Tienes tres pimpollos ¿no?

– Sí. Están destrozados pensando que has muerto.

– Que no sepan todavía la verdad, pero cuando vayan a entrar en la academia de pilotos que se acerquen a mi tumba, esperen una semana y lo vuelvan a hacer. Me tendrán de maestro.

– Gracias, capitán.

Cuando se va el capitán, los niños se acercan:

– ¿Quién era mamá?

– Un viejo amigo hijo, y vuestro futuro profesor.

– ¿De qué mamá?

– Lo sabrás a su debido tiempo.

El puente

Me saca del puente arrastrándome por los hombros una vez que lo había limpiado ella sola…. y van…. no sé cuántas veces hemos limpiado el puente, ya he perdido la cuenta.

Una vez más, antes de entrar en el bosque, deja todas las cosas que contienen hierro y también me despoja de las mías. Me deja apoyado en uno de los árboles más viejos de la zona. Sin mirar a nadie, simplemente al bosque dice:

– Yo volveré cuando pueda.

Dicho esto se da la vuelta se dirige al puente que otra vez están intentado cruzar. Es el mismo puente pero es diferente…. porque un escupefuego, de cinco metros lo ha invadido. Es más grande que el propio ancho de la estructura. Ahora sí que Jorelma ha decidido sacar a sus pesos pesados. No tenemos nada que… no tiene nada que hacer con el dragón.

En ese lado del puente les veo. Un grupo de cinco soldados han cruzado el puente cuando no les veíamos y se dirigen hacia mí.

El dolor de costado no me permite poner de pie y las armas están al inicio del bosque, a veinte pasos de distancia. No voy a poder llegar. Los soldados llegan al inicio del bosque y empiezan a reírse al ver que no puedo moverme. Las risas se convierten en gorgoteos cuando atraviesan sus cuellos unas diminutas flechas.

El dragón mientras tanto ha llegado a la mitad del puente. Empieza a aspira fuertemente y después escupe fuego por la boca. Asrim se esconde detrás del escudo mientras el puente empieza a hervir a causa del calor que desprende.

Asrim aprovecha el momento en que el escupefuego empieza a aspirar de nuevo para salir de detrás del escudo que ahora está ardiendo y grita:

– Este es mi puente y yo decidido que ahora es el momento de que se caiga.

Clava con todas sus fuerzas la lanza justo en el pilar central creando una enorme grieta que llega hasta los cimientos. El peso del dragón hace el resto. El puente empieza a derrumbarse. Asrim se da la vuelta, empieza a correr y enseguida llega la tierra firme. El escupefuego no puede girar debido a su tamaño y aunque intenta alcanzar a Asrim, cae al abismo.

En ese momento se me cierran los ojos, he perdido demasiada sangre.

Alergia

La tensión era palpable en el ambiente. Cinco personas sudando,  que no dejan de mirar a la vez las pantallas de sus ordenadores. Las diez manos teclean frenéticamente. Una pantalla gigantesca muestra las figuras moviéndose mientras que el público que llena las gradas grita por cada jugada.

Llevan más de dos horas jugando la final del torneo y el cansancio hace mella en los jugadores, quienes echan mano de sus bebidas refrescantes. Uno de ellos, nada más ingerirla se lleva la mano la pecho, se levanta de su silla con muchos temblores y se cae al suelo.

Los otros cuatros siguen jugando y matan virtualmente al que se ha caído al suelo. Este jugador sigue en el suelo y empieza a echar espuma por la boca mientras no para de temblar. Rápidamente entran en la sala dos sanitarios para atenderle junto con un guardia de seguridad.

Mientras tanto parece que el público no se ha dado cuenta de que un jugador ha caído. Para ellos solo ha muerto en la pantalla y quedan cuatro más compitiendo.

El médico mira al guarda de seguridad que se había acercado y le dice:

– Lo han hecho a propósito, estoy seguro. Le ha producido una reacción alérgica.

– ¿Estás seguro Alejandro?

– Segurísimo, es un asesinato.